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19 de septiembre de 2014

Marihuana y despenalización

¿Desde el punto de vista de la salud mental es aconsejable la legalización del consumo de marihuana? ¿Es posible pensar al cannabis como una "droga blanda" cuando en verdad puede desencadenar cuadros graves como la psicosis?

Nos permitimos reflexionar en torno a estas cuestiones a raíz del caso de Uruguay y del comunicado que ha realizado la Sociedad de Psiquiatría del Uruguay en relación al proyecto de Ley de legalización del consumo. Allí se habla de los efectos negativos sobre la salud ya que la marihuana puede inducir episodios psicóticos agudos, siendo un factor de riesgo, además, para la esquizofrenia, precipitando el inicio de la misma en edades más tempranas en un número pequeño pero significativo de jóvenes, actuando como factor crítico aunque no único. También, que influye sobre la evolución de la esquizofrenia establecida aumentando las descompensaciones. Por otra parte, que el consumo puede inducir la aparición de trastornos del estado del ánimo e incidir sobre su frecuencia e intensidad y si bien los estudios no son concluyentes, acentuar el riesgo de autoeliminación. Se señala que puede desencadenar crisis de pánico enumerando una serie de efectos adversos físicos como: taquicardia, hipotensión, broncodilatación, aumento del riesgo de cáncer, alteraciones inmunitarias, de las hormonas sexuales y del eje hipotálamo-hipófisoadrenal, entre otras. Todo lo cual hace evidentemente relativizar bastante la idea de droga “blanda”, aún cuando los efectos sobre el organismo o el estado mental del sujeto sean menores que con otras sustancias queda la pregunta de si hay una medida o un umbral entre lo que consideramos podría ser permitido y aquello que no. ¿Por qué se consideran estos efectos “leves o moderados” cuando al mismo tiempo se debe reconocer que la marihuana puede desencadenar la psicosis en un sujeto? Aunque en el caso de la psicosis no podamos asegurar que esta sea la única causa y que como toda enfermedad mental, su origen será siempre multicausal; aún así, la cuestión que se nos plantea en un hipotético caso en que se desencadene una psicosis a raíz del uso de la droga, es que el cuadro no se habría desencadenado de no haber mediado la sustancia. Por cierto que un cuadro psicótico significa una afectación grave en la salud mental del sujeto, constituyéndose en un trastorno crónico, sin retroceso y esto está muy lejos en nuestra concepción de ser considerado como algo “leve o moderado”.

 Volviendo al comunicado de la Asociación de Psiquiatría del Uruguay, concluyen diciendo que:

 “En suma, a partir de la información científica consignada, es claro que desde el punto de vista médico es desaconsejable toda acción que facilite el uso de cannabis. Creemos que si desde el Estado se dan señales de que su utilización es inocua o aún positiva, se aumenta el riesgo de efectos nocivos para la salud pública.” 

 La cuestión, entonces, de considerar a la marihuana una droga “blanda” podría ser válida en relación a la dependencia física que genera pero no parece un indicador serio del grado de nocividad de la misma. Si reconocemos que el efecto en la salud mental puede ser muy negativo esto no va a ser necesariamente siempre así ya que no todo consumidor va a desencadenar por ejemplo una psicosis, esto va a depender de la estructura de la personalidad de base. Pero sí parece ser un elemento de riesgo claro para determinado grupo de sujetos, resulta cuestionable comparar drogas y decir que la marihuana es menos nociva que la cocaína u otras drogas. Parecería más bien una lógica que se establece en relación a una mayoría que representaría la norma, pero en la cual quedan excluidas otro tipo de subjetividades que conforman el entramado social. La nocividad implica una serie de variables, de la estructura psíquica del sujeto por un lado, pero también del organismo de cada consumidor y hasta de la calidad de la sustancia. Por otro lado, intervienen factores sociales como los que favorecen la marginalidad de los consumidores, ya que se los obliga a vincularse con la real delincuencia de los dealers, de donde se nutren de la sustancia y por otro lado se los discrimina, “drogones”, “ciudadanos de segunda”, “desviados”, “delincuentes” en tanto son sometidos a un proceso penal.


Marihuana y despenalización II

Podemos decir que la marihuana como el resto de los psicoactivos tiene un “potencial dañino” de forma tal que este si se combina con factores de riesgo pueden desencadenar efectos negativos en la salud mental. Ahora bien, si reconocemos esta capacidad de producir un daño en un sujeto determinado ¿esto habilita a decir que la marihuana por consiguiente es mala o como dice la Asoc. De Psiquiatras del Uruguay “es desaconsejable toda acción que facilite el uso de cannabis”? Debemos pensar en los efectos negativos que tiene sobre la “minoría” para concluir que si es mala para algunos, se trata de algo en esencia peligroso y perjudicial, desestimando que para otros pueda no serlo e incluso resultar positivo. La postura que se desprende del discurso psiquiátrico señalado parece en esta línea, “desaconsejan” su uso en general para toda la población, no se discrimina algún tipo de perfil de sujeto en particular, más bien el argumento pasa como hemos señalado por la lógica de que lo que podría ser malo para algunos ES malo. Entonces, una de las preguntas que se nos plantean es qué sucede con la libertad de elección de cada uno de nosotros. ¿Por qué siendo una persona “normal” con capacidad de juicio no podría elegir utilizarla cuando no me ocasionaría ningún daño? O aunque sí me lo causara pero igualmente decido que eso es lo que quiero? Hablamos de sujetos sin alteraciones del pensamiento, desde ya que hemos naturalizado que para la “locura” no hay posibilidades de elección, pero resulta más incomprensible reconocer que aún siendo sanos de juicio, la psiquiatría considere que tiene que existir un Otro que elija por mi, que el Estado en su papel de gran otro y en nombre de la “salud pública” decida por sobre las libertades individuales de cada uno. Cabría reflexionar un poco a la cuestión de la elección. Desde ya que si hablamos de una adicción esta capacidad es cuestionable y hasta en un sentido amplio podemos decir que nadie elige nada. Desde el psicoanálisis sabemos que muchas de las cuestiones que consideramos “elecciones” son en realidad el producto de una historia particular, el resultado de un camino que comienza a recorrerse muy temprano en la infancia. Pero el psiquismo no es solamente el determinismo al que nos condicionan las primeras experiencias, el vínculo con nuestros padres y el efecto de lo traumático. Creemos que más allá de todo eso que se ha inscripto en nosotros y permanece en su mayor parte en el inconsciente, algo puede ser reescrito. Si nada pudiera hacerse no existiría el análisis ni nuestra profesión. Existe por lo tanto una acotada capacidad de elección en el psiquismo, por qué el Estado tendría que limitar aún más ese estrecho margen de libertad personal?. Siendo que el pacto social permanece al resguardo y mis acciones no perjudican a terceros. Aún reconociendo el potencial destructivo de la droga pensamos que penalizar el consumo no resuelve el problema. Por un lado, la penalización del consumo no ha bajado los niveles del mismo sino que por el contrario este ha aumentado con los años; la vía punitiva en materia de salud no parece la más apropiada. Sí un Estado más ocupado en educación, en generar conciencia, implementar políticas públicas, coordinar estrategias de intervención en salud comunitaria y que trabaje sobre la prevención y promoción de salud en todos los niveles que atraviesan a la sociedad. Todo lo cual contribuirá sin dudas a ensanchar los estrechos márgenes de elección de los sujetos que mencionábamos antes. Más allá de que algunos aspectos del psiquismo humano puedan ser reescritos y domeñados, en el interior del mismo encontramos fuerzas o pulsiones, que son parte de una realidad que se ubica entre la frontera de lo biológico y lo psicológico. Creemos que existe cierta predisposición en el sujeto hacia lo destructivo, ya sea dirigido hacia los otros o hacia él mismo. La “pulsión de muerte” de la que nos habla Freud está detrás de muchos de los procesos normales o patológicos que acontecen en el psiquismo. Entonces, más allá de todos los esfuerzos por minimizar sus efectos, por domesticarla, una parte de ella es esperable que persista. En esta línea de pensamiento el juez marplatense Roberto Falcone, considera que hay que: “Asumir que el Estado no puede obligar a una persona a llevar adelante una vida sana bajo la coacción de que si no lo hace lo va a mandar a la cárcel. El Estado no puede proteger con el derecho penal las acciones que una persona dirige contra sí misma. Por eso es que la tentativa de suicidio no es punible ni tampoco la autolesión. El consumo de estupefacientes y la tenencia para consumo personal son actos preparatorios para la autolesión”


31 de octubre de 2009

¿Podemos ser felices?

¿Tiene el ser humano la capacidad de ser feliz?. Qué cosas le impiden serlo? ¿Cómo se puede ser feliz? ¿Por qué ocurre frecuentemente que necesitamos alcanzar ciertos objetivos o metas con el fin de ser felices, pero una vez alcanzadas nos sentimos una vez más insatisfechos? ¿Será que en verdad la felicidad es una ficción, algo en lo que necesitamos creer y si existe es sólo de naturaleza efímera? ¿Entonces, lo que en verdad marca nuestra existencia es la Falta, el sentimiento de que no estamos completos?

Sucede algunas veces que sólo cuando perdemos algo nos damos cuenta de que éramos felices, como si sólo pudiéramos asimilar la felicidad a la distancia, retrospectivamente.: “ahora que no la tengo me doy cuenta de cuánto la quería y lo bien que me hacía estar con ella…” o “no supe aprovechar las circunstancias, tenía todo para ser feliz!” ¿Se puede sentir retrospectivamente la felicidad?
Abraham Maslow, Psicólogo estadounidense, fundador de la Psicología humanista, aborda este tema en uno de sus ensayos inéditos. El problema, nos dice, es que “solemos ser psicológicamente inconscientes de nuestra buena fortuna actual”. Entonces, ¿podemos ser felices si no somos conscientes de ello? Tras el paso de lo cotidiano perdemos la conciencia de nuestra “buena suerte”. La felicidad, en general la pensamos en términos hedonistas, pero esta idea de felicidad es falsa: la felicidad real implica necesariamente dificultades. Por ejemplo, “es un privilegio tener hijos con los que llorar a causa de sus problemas, en lugar de no tener ningún hijo en absoluto.”. Una vida sin problemas, sin necesidades insatisfechas no es una vida real.
Debemos abandonar nuestra expectativa de satisfacción y serenidad permanentes, porque estos sentimientos sólo sor transitorios, la naturaleza humana siempre está en la búsqueda de mejores cielos. Aprender a disfrutar de nuestras “miserias” y ocuparnos de los problemas reales y no de los pseudo problemas.
Para ello, es necesario ubicar los problemas en la perspectiva de nuestro pasado, presente y futuro; compararlos con los problemas de otras personas y, finalmente, desde la perspectiva del cosmos, de esta manera tendremos la dimensión real de nuestros problemas.

22 de septiembre de 2009

La melancolía

"La melancolía es una manera, por tanto, de tener;
es la manera de tener no teniendo,
de poseer las cosas por el palpitar del tiempo,
por su envoltura temporal.
Algo así como una posesión de su esencia,
puesto que tenemos de ellas lo que nos falta,
o sea lo que ellas son estrictamente."

MARÍA ZAMBRANO. Filósofa española (1904-1991)

4 de junio de 2009

El vuelo de la vida


Primero pensamos en el azar, en el milímetro cúbico de suerte que se necesita para seguir viviendo. Lejos de la tierra, lejos del mar, la nave perdida de Air France suspendida en medio de la nada, oyendo nada más que su propio quejido, como quien se escucha respirar en medio de la noche. Sólo unos leves impulsos que transmite el chip anónimo de la computadora y todos los sueños están ahora en sus manos, los lugares sin visitar, la vida no vivida, un latido tenue que se apaga. La velocidad aumenta verticalmente, el horror y el espanto, lo imposible, y sin embargo… tan real. Luego pensamos en el azar, en el milímetro cúbico de suerte que exige el estar vivo. En otros pasajeros que a estas horas llenan algún aeropuerto, que vienen y van, mientras las noticias brindan los últimos detalles de la tragedia. La vida continúa aunque una nave esté perdida en el fondo del mar. ¿Por qué no se devolvieron todos los billetes o se cancelaron todos los vuelos de todas las aerolíneas del mundo? No es suficientemente aterrador? ¿Qué es este automatismo? ¿Es que somos tan egocéntricos que sólo concebimos la desgracia como ajena? O estamos gobernados por un instinto de muerte que nos vuelve inconcientes e insensibles al peligro? Podría ser. La máquina sigue en marcha, las turbinas, los aeropuertos, los pilotos, las azafatas, los aviones, radares, los negocios, el ocio, las agendas, las giras, los encuentros, congresos, el trabajo, el comercio, el capital… las bandejitas de snack… tantas cosas. ¿Es posible pararlo todo? Ahora pensamos en la vida, en sus misterios… en la energía vital que une todas las cosas. En que es imposible evitar, aunque quisiéramos, todos los riesgos, las posibilidades de accidentes o enfermedades. Por lo que sabemos tomar un avión es un acto que reviste una dosis alta de inconciencia, y paradójicamente la vida necesita de una cuota de locura para que valga la pena. No correr ningún riesgo implica vivir atemorizado, sin capacidad para vivir experiencias nuevas. Salud por todos los valientes del mundo!!!